Atrapante quizás como ninguna otra, especialmente clave por la influencia y por las consecuencias que puede generar el resultado, las elecciones presidenciales de los Estados Unidos que se realizarán el martes, se destacan nítidamente en el panorama político internacional. La contienda está limitada al presidente demócrata Barack Obama, que busca su reelección por un nuevo período de cuatro años y el candidato republicano, Mitt Romney, aun cuando se presentan varios otros postulantes más, de mucho menor calibre y casi nulas incidencias políticas.
Según distintas encuestas, el actual residente de la Casa Blanca lleva una ligera ventaja a su oponente, pero se sabe que la batalla se resolverá en varios Estados clave (Ohio, Florida, Colorado, Virginia) y que nunca antes hubo una carrera electoral tan apretada.
La salud de la economía estadounidense ha sido el tema central de la campaña y tanto Obama como Romney buscan convencer a los votantes de que tienen un plan para estimular el crecimiento y la creación de empleos. La economía crece a un ritmo mayor a un 2% anual desde la recesión del 2007-2009 y el desempleo continúa incómodamente alto, en un 7,9%. Cerca de 23 millones de estadounidenses están desempleados, trabajan a media jornada y aspiran un empleo a tiempo completo, o buscan trabajo o han dejado de buscar uno. El actual mandatario heredó de George W. Bush un panorama interno harto complicado por los efectos de la fuerte crisis económica que se inició en Wall Street y se expandió al resto del mundo, y pese a una decidida estrategia para recomponer la situación, la realidad es que el esperado despegue de los Estados Unidos se desarrolla lentamente. Ese escenario le está pasando factura a Obama, pese a sus compromisos para crear un millón de empleos nuevos en manufacturas, más de 600.000 puestos de trabajo en el sector del gas y el nombramiento de 100.000 profesores del secundario. Romney, que no ha reparado en atacar lo que considera un fracaso de la gestión del demócrata, ha prometido la creación de 12 millones de empleos.
Los estupendos debates televisados que ambos protagonizaron en directo ante todo el mundo en tres ocasiones y con distinta temática, el meticuloso y transparente manejo de los fondos con los que se desarrollan las campañas (los aportantes particulares de uno y otro no tienen reparos en dar a conocer su actitud) y la enorme maquinaria organizativa y de apoyo a cada una de sus figuras que ponen en juego tanto los demócratas como los republicanos enaltecen en gran medida la cultura política mundial. En estos días es difícil sustraerse en Estados Unidos de la promoción de los candidatos y del debate sobre las propuestas que cada uno impulsa. Aunque el voto no es obligatorio, la impronta que muestra la democracia ahí es de un valor superior.
Obama y Romney coinciden en política exterior y en la defensa de la economía (para limitar la influencia de China), pero expresan fundamentalmente diferentes concepciones de la política y de los sectores que representan. El actual presidente proviene de la clase media, ha desarrollado planes sociales más integradores y comprometió al Estado federal en sonados rescates de empresas. El opositor integra los sectores más acaudalados y conservadores de la sociedad, quiere que el Estado tenga cada vez menos competencias y se propuso que reducirá drásticamente el déficit y el gasto público. Independientemente de quién resulte electo (los comicios son indirectos; al presidente lo elige un colegio electoral) la campaña estadounidense ha mostrado luces que podrían servir de ejemplos. Políticos de altura, una organización partidaria transparente y compromisos con base de honestidad son las claves de un sistema democrático maduro y comprometido con la historia.